domingo, 6 de abril de 2014

Highgate

Highgate es un barrio señorial, o, más bien, obispal -fue, durante siglos, propiedad del obispo de Londres-, al que ha hecho famoso su cementerio. También es el lugar en el que pasó los últimos años de su vida el poeta Samuel Taylor Coleridge, uno de los padres del Romanticismo. Cuando salimos del metro de Archway, lo primero que vemos es un gato, pero un gato de piedra: está en la calle, en un pedestal, también de piedra, rodeado por una verja antigua. Intentamos leer la placa que explica la historia del minino, pero la lluvia casi ha borrado las letras. No obstante, alcanzamos a distinguir que es la piedra de Whittington, erigida en 1821 en recuerdo de Richard Whittington, tres veces alcalde de Londres en los siglos XIV y XV. Durante casi un siglo, la piedra fue solo eso: un hito en el camino de Highgate a Londres, pero en 1964 se le añadió el gato. Tampoco sabemos por qué. Los ingleses tienen, a veces, una curiosa manera de no explicar las cosas. Siguiendo por Archway Road, vemos un restaurante que nos recuerda al Motel Bates de Psicosis: está en alto, tiene torres picudas y suponemos que, cuando llueva y haya relámpagos, su ominoso perfil se recortará contra la luz, como el del espantoso alojamiento de Norman Bates. Pero, cuando entramos, no nos recibe Anthony Perkins, sino una filipina cincuentona con pantalones rojos de leopardo. El pub es abigarrado, como casi todos los pubs ingleses. Los pubs cultivan aquí un asombroso gusto por la mezcolanza y hasta el caos, y en eso radica buena parte de su encanto. Uno advierte acuarelas de marinas, objetos de críquet, fotos de la Reina, calendarios de Pirelli, macetas de flores, figuritas de porcelana que representan a diosas de la mitología grecorromana, libros, grabados con briosos alazanes, un piano, facsímiles de los letreros que prohibían la entrada al lugar a "ladrones, vagos, faquires y tramposos" (aunque no me imagino qué hacían los faquires por estas colinas en el siglo XIX), cajas de ajedrez y de Monopoly, pizarrillas en las que consta escrito el menú o cuándo juega el Tottenham, una bandera jamaicana, objetos indefinibles pero sólidamente clavados a la pared, y hasta una reproducción, pavorosa, de un cuadro de Velázquez. Sin embargo, la inabarcable variedad de la decoración no conforma un lugar inhóspito, sino, por el contrario, dotado de una extraña coherencia, y amable. Nos tomamos, junto con las inexcusables pintas de cerveza, unas tortillas y unas ensaladas, que resultan ser gigantescas. Cuando ya creemos que no cabe nada más en la mesa, ni en nuestro estómago, la filipina nos trae, silbando, dos fuentes de patatas fritas, que apenas catamos: estamos al borde del colapso gastro-intestinal. Caminar ahora nos da una pereza grande, pero también se nos antoja muy necesario, así que nos dirigimos sin tardanza al cementerio de Highgate, que está a tiro de piedra del restaurante. El camposanto es enorme: tiene cerca de 52.000 tumbas y casi 168.000 difuntos. La diferencia se explica porque en  muchas tumbas hay más de un muerto. De hecho, la mayoría son enterramientos colectivos, que suelen albergar a los miembros de una misma familia (aunque también a comunidades de monjas, o bomberos fallecidos en el cumplimiento del deber). Las lápidas, muchas con forma de supositorio, reflejan esa muchedumbre de cadáveres, y más bien parecen árboles genealógicos. Highgate se divide en dos: el cementerio del este y el del oeste. El occidental es, por lo que sabemos, el más atractivo, con espectaculares mausoleos góticos, cuya acumulación llevó al poeta John Betjeman, vecino también del barrio, a considerarlo un "walhalla victoriano". Sin embargo, solo puede visitarse con tours guiados (y carísimos). El oriental, en cambio, es más proletario y accesible: será porque en él está enterrado Karl Marx y, a su alrededor, una pléyade de líderes comunistas de Inglaterra y de todo el mundo. Aquí se puede entrar libremente, aunque cuesta cuatro libras, sin descuento para estudiantes. Observamos pronto que el cementerio se encuentra en un estado de semiabandono, si no de abandono total. Salvo el paseo principal, que describe un amplio círculo por entre las tumbas, el resto -y son muchas hectáreas- es un bosque de maleza, en el que despuntan miles de lápidas enmohecidas, desgastadas, a menudo caídas: lápidas muertas. Los caminos entre ellas casi se han borrado, engullidos por la vegetación y el fango. En cualquier caso, junto a la avenida principal se disponen los muertos más ilustres, o aquellos que desean serlo. Hay muchos personajes famosos: el filósofo Herbert Spenser, la novelista George Eliot, la escultora Anna Mahler, hija del compositor Gustav Mahler, el historiador Eric Hobsbawm. Aunque, claro está, la palma se la lleva Karl Marx, cuyo cabezón de piedra preside un túmulo espectacular. Su epitafio es el célebre mandato del Manifiesto comunista: "Trabajadores del mundo, uníos", al que se suma, en la base de la lápida, una frase de sus estudios sobre Feuerbach: "Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo; de lo que se trata es de cambiarlo". Parados a contemplar el impresionante monumento, vemos a una familia de chinos vaciar el contenido de un cubo en un desagüe cercano. Parecen cenizas. Quizá se estén deshaciendo del abuelo, aunque, si fuesen propietarios de un restaurante chino, se me ocurren mejores formas de hacerlo. El paseo por el cementerio nos revela algunas cosas más. Por ejemplo, que es una necrópolis internacional: hay chinos, con epitafios en chino; árabes, con epitafios en árabe; polacos, con epitafios en polaco; italianos, con epitafios en inglés. O que abundan las tumbas de personajes relacionados con el mundo de las letras: editores, escritores, periodistas, guionistas. La lápida de uno de ellos, Jim Horn, muerto a la trágica edad de 34 años, reproduce una portada de Penguin, aunque no consta que tuviera ninguna relación con la empresa: era, simplemente, un ávido lector de los libros de la editorial. También nos llaman la atención las muchas lápidas artísticas, como si los enterrados hubieran querido dejar al mundo un último gesto estético, una última pincelada genial: labradas como piedras celtas, o con cenefas modernistas, o esculpidas de modo que pueda leerse la palabra "dead", como en la del artista pop Patrick Caulfield. El mensaje no es muy imaginativo, pero la estela resulta original. Poco después de abandonar el cementerio, llegamos al cogollo de Highgate, que conserva su aire de pueblo. Allí se concentran la Highgate School, donde estudiaron Gerard Manley Hopkins y John Betjeman, y enseñó T. S. Eliot; Byron Cottage, donde vivió el poeta y erudito A. E. Housman; el Instituto Científico y Literario de Highgate, fundado en 1839 para "excitar y cultivar un interés inteligente por los objetos de la literatura y la ciencia"; Moreton House, una de las residencias de Coleridge, y la iglesia de San Miguel, donde está enterrado; Old Hall, hogar del novelista Rumer Godden; y, en fin, el Grove, el paseo más noble de la localidad, con hermosas mansiones alineadas y árboles de troncos muy gruesos en las aceras. En el número 3 se encuentra la casa del Dr. James Gillman, que acogió a Coleridge, y en la que el poeta vivió hasta su muerte. La relación entre el galeno y el poeta había sido, al principio, puramente profesional: Coleridge sufría una depresión y quería curarse de su adicción al opio, y se puso a tal fin en manos del médico. El trato entre este y su paciente derivó en una amistad primero intelectual y luego personal, que les llevaría a compartir casi dos décadas de vida. No obstante, Gillman no tuvo éxito con su terapia de deshabituación: Coleridge siguió consumiendo opio a mansalva, del que se proveía en una farmacia cercana, en Townsend Yard, un callejón que todavía existe, y en el que perdura el edificio que ocupaba la antigua droguería. Recorrido el barrio, nos refugiamos en un Cafè Nero. Antes de volver al metro, visito los estantes de una librería de Oxfam. Sorprendentemente, no hay nada de Coleridge, pero yo me hago con una interesante biografía de D. H. Lawrence, escrita por Anthony Burgess, y Álvaro se lleva, por un puñado de libras, dos camisas y una chupa estupenda, que parece haber acompañado a Jack Kerouac por todas las carreteras de Norteamérica.

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