viernes, 4 de abril de 2014

Ruidos

Según la Organización Mundial de la Salud, España es el segundo país más ruidoso del mundo, después de Japón. Lleva años siéndolo: recuerdo haber conocido esta misma clasificación hace varias décadas. Ya podemos jactarnos de algo, pues: ya estamos a la cabeza de un ránking mundial, que se suma a otros no menos esplendorosos, como el del paro juvenil o el del número de bares por quilómetro cuadrado (o, si empezamos por la cola, el índice de lectura de la población). Lo de Japón sorprende algo, porque su cultura tradicional se basa en la discreción y, justamente, en el silencio. Nada menos ruidoso, por ejemplo, que una ceremonia del té. Aunque la industrialización del país y su abrazo jubiloso de todas las tecnologías, sobre todo las impulsadas por motores, seguramente expliquen, junto con la superpoblación, un liderazgo tan ominoso. Lo de España, en cambio, tiene sólidas raíces geográficas y culturales: el clima benigno, el espíritu latino, la mediterraneidad, etcétera; todo eso que hace que la gente viva antes en la calle, en los espacios públicos, que en el recogimiento de sus casas. (Tampoco ha sido siempre así: en la época de los Austrias, los españoles teníamos fama de ser los más siesos de Europa: gente austera, taciturna, ¡callada!, como sus reyes; y es verdad: solo hay que ver el Escorial para imaginarse cómo debían de ser nuestros jolgorios de entonces). En España, se identifica diversión y ruido. La gente no se lo pasa bien si no produce -o se suma a- un estruendo enloquecedor. Una fiesta patronal, por ejemplo, es inimaginable sin una orquesta bien plantada en la plaza mayor que atruene la localidad, y, ya puestos, también las localidades vecinas, e incluso la comarca entera, con notables piezas del folclore nacional, como Yo soy aquel o Paquito el chocolatero, hasta el rayar del alba. (Es curioso, no obstante, que muchos vecinos, sabedores del pandemonio que se les viene encima, huyan de sus pueblos o sus barrios cuando llegan los festejos; es natural: quieren seguir siendo seres humanos, y dormir. Pero esos mismos vecinos, presas de una extraña fatalidad, no se oponen a su celebración, no pelean, como ciudadanos que son, por que cese el bárbaro espectáculo de las fiestas mayores y su aquelarre de decibelios; simplemente, salen corriendo). Cualquier acto festivo, en nuestros pueblos y ciudades, pasa por el griterío y la barbulla: verbenas, celebraciones, desfiles, despedidas de soltero y pasacalles. Las discotecas pinchan la música al volumen necesario para que estallen los tímpanos o se desarrolle un tumor cerebral (en los usuarios, que parecen encantados con ello, y también en los vecinos que tienen la desgracia de vivir cerca), y los bares, abiertos al universo mundo, no se recatan de hacer algo parecido. Pero lo peor, con ser todo esto horrísono, es la incorporación del ruido a la vida cotidiana. La gente pone el televisor a todo trapo, o aporrea un piano inmisericorde, o habla a gritos, o da portazos, o les chilla a los niños, u organiza fiestas en el comedor, sin atender al hecho -y sin que, aunque se les haga notar, les importe- de que todo eso produce ruido, algo muy malo para la salud, el trabajo intelectual y la paz de espíritu, y de que, aunque ellos sean muy libres de infligirse todas las puñaladas sónicas que deseen -algo tan pernicioso como fumarse un par de cajetillas de tabaco al día o leer un libro de Antonio Gala-, está muy feo que les impongan ese sufrimiento a los demás. Porque, igual que uno no puede llenar de agua los pisos colindantes, no puede llenarlos de ruido; igual que uno no puede entrar en las casas ajenas sin el permiso de sus dueños, tampoco debería entrar el ruido; igual que no es lícito determinar los colores de las paredes de los vecinos, o a lo que huela la casa, o lo que se haga en ella -esto es, vulnerar su intimidad, su espacio único e inviolable-, tampoco lo es imponer la música que a uno le gusta escuchar o el ruido que uno genere. En Inglaterra, las cosas son distintas. No diré que Londres sea una ciudad silenciosa. Como cualquier metrópoli, no lo es, más aún, es imposible que lo sea, con una conurbación de once millones de habitantes. Sin embargo, muchas cosas están mejor que en las nuestras. De entrada, Londres no produce ese zumbido inhumano -aunque generado por la actividad humana- que emite Nueva York. La primera vez que visité la ciudad estadounidense, me quedé sobrecogido por ese silbido monstruoso, inacabable, que es la suma de millones de aparatos funcionando, y de coches circulando, y de personas respirando: un gigantesco estertor de vida y de muerte. En Londres, este fragor no existe, quizá porque se han impuesto limitaciones al tráfico. Y eso, que genera molestias -y gastos- a muchísimos vecinos, se ha revelado como una medida muy eficaz para evitar que los automóviles colonicen la urbe, para la contaminación se modere, y para que el ruido no sea insoportable. De hecho, el tráfico en Londres, aunque espeso, no es, ni de lejos, lo infernal que sería si se abandonara a la libre voluntad de sus once millones de habitantes. Paradójicamente, en ciudades con plena libertad de circulación, todos acabamos siendo prisioneros de los embotellamientos. Al final, la verdadera libertad, la libertad que nos es útil, nos la conceden las restricciones que nos imponemos, si son razonables y si se han acordado democráticamente. También las personas toleran aquí mucho menos el estrépito. Diría más: la mayoría se enorgullece de no causarlo. El silencio es un bien valorado en las comunidades británicas, desde las fincas de vecinos hasta las oficinas comerciales, pasando por la administración pública. Está tan interiorizado que ni siquiera hay que reclamarlo. Cuando llegamos a nuestro nuevo piso, me espantó comprobar que, en nuestro dormitorio, se oía perfectamente -las paredes son aquí de papel, como, ay, en todas partes- la música que escuchaban nuestros vecinos. Casi se oía como si la hubiéramos puesto nosotros. Sin embargo, el susto solo nos duró un día. Los vecinos -a los que todavía no conocemos: la intimidad, si es radical, tiene la contrapartida del aislamiento- se dieron cuenta de que el piso contiguo ya no estaba vacío, sino que había sido ocupado por unos nuevos inquilinos, y dejaron de poner música, o la retiraron del lugar en el que presumían que molestaba. También tienen perro, al que se oye por los pasillos, pero nunca en su propia casa, ni, por lo tanto, en la nuestra. Tuve ganas de besarles los pies, pero no estoy seguro de que me hubiesen abierto la puerta. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, no oigo nada: solo el teclear de mis dedos. Y es delicioso: no oír nada, excepto el rumor del pensamiento, el fluir del ser, el fluir del silencio.

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